OSKAR LENZ (1848 – 1925)



Geólogo alemán-austríaco y mineralogista natural de Leipzig, fue otro de los primeros europeos en explorar algunas zonas del Sahara.
En 1870 obtuvo su doctorado en mineralogía en la Universidad de Leipzig. Tres años más tarde se convirtió en ciudadano austríaco y un funcionario del Instituto Geológico Imperial en Viena.
En 1879-80 dirigió la primera expedición Trans-Sahara de Marruecos a Senegal.
El objetivo principal de la expedición era realizar estudios geológicos de la región, investigando la posibilidad de depósitos de hierro.
En 1880, junto a su compañero Cristóbal Benítez, se convirtió en el cuarto europeo en visitar la legendaria ciudad de Tombuctú. Los otros fueron Alexander Gordon Laing (1826), René Caillé (1828) y Heinrich Barth (1853).
En 1885-87 dirigió la expedición austro-húngara al Congo, que implicaba cruzar el continente africano desde el Congo hacia el este hasta el océano Índico.
Las razones principales de este proyecto fueron estudiar la situación económica y comercial en el recién creado Estado Libre del Congo y para trazar la línea divisoria entre el Nilo y el río Congo. En esta expedición estuvo acompañado por el cartógrafo Oscar Baumann.
Después de la terminación de sus funciones en África se convirtió en profesor en la Universidad de Praga.


FRIEDRICH C. HORNEMANN (1772 – 1801)



Explorador alemán que fue uno de los primeros que viajó por África y concretamente a través del Sahara, empleado en 1795 por la londinense African Association.
Esta Asociación tenía como objetivo promover el descubrimiento de las partes del interior de África desconocidas por los europeos.
A mediados de la década de 1790, la Asociación se interesó por la zona noroccidental del continente por donde se suponía que discurría el río Nilo, habiendo fracasado ya en dos intentos de enviar viajeros hasta la zona, envió a Friedrich Hornemann en 1797 al continente africano.
Haciéndose pasar por un comerciante árabe se unió a una caravana en Egipto y se dirigió a El Cairo hasta Murzuk, en Fezzan  (suroeste de Libia) por entonces un oasis importante en la ruta comercial de Trípoli (Libia) al territorio del Imperio Kanem-Bornu y los reinos hausa.
Visitó la ciudad de Trípoli y en 1800 partió en dirección sur desde Murzuk y fue el primer europeo que cruzó el desierto del Sahara hasta Bornu. Más adelante, falleció de disentería antes de llegar al río Níger.
El texto original del diario de Hornemann, escrito en alemán, fue publicado en Weimar (Alemania) en 1801, el mismo año de su muerte.

GARCÍA DE SILVA Y FIGUEROA (1550 - 1624)

 
-2ª Parte-

EN LAS RUINAS DE PERSÉPOLIS
Por fin se iniciaba su verdadera embajada y entraba en contacto con los persas, cuyos trajes, modales y atenciones alabó reiteradamente en sus escritos. Tras los días precisos para reunir los caballos y camellos que su séquito precisaba, se puso en marcha por la antigua Carmania, parando en algunos caravanserai como el de Guichi, y recibiendo agasajos y regalos de los gobernadores locales. Poco a poco empezó a entrar en las tierras altas y los valles de los Zagros, mejorando notablemente el paisaje que se ofrecía ante su vista. Llegó a la ciudad de Lara, siendo recibido también por su gobernador: “Con mucha gente a caballo, muy luzida de caballas o aljubas de sedas de varias colores y tocas de oro, con cimitarras y puñales guarnecidas de oro y plato”.
La ciudad de Lara le pareció a García de Silva y Figueroa muy semejante a la de Ormuz, con edificios de adobe y algunas de las mejores casas dotadas de curiosas “torres de ventilación”, según la arquitectura persa y bazares con mucha actividad comercial. Tras los ya habituales agasajos y comidas, reemprendió su camino hacia el interior del país, sin dejar de describir minuciosamente sus paisajes y todo cuanto encontraba a su paso, añadiendo curiosas anécdotas.
El 24 de noviembre llegó a la ciudad de Shiraz. Al principio, sus casas y calles no le llamaron la atención, hasta que llegó a una amplia plaza en la que se estaba construyendo una “sumptuosissima mezquita”, y alojado en un gran palacio, con muchas vidrieras, muros enlucidos de cal y muchas figuras de mujeres pintadas en los muros. Desde los miradores tenía magníficas panorámicas de los jardines y la ciudad, distinguiendo sus paseos y avenidas plantadas de árboles espléndidos, enorme cantidad de rosales cultivados, cuyas flores destilaban un agua que llegaba hasta la India y países mucho más lejanos.
Debido a los rigores del invierno y por hallarse el sha en la costa del mar Caspio, García de Silva y Figueroa permaneció en Shiraz hasta la primavera del año siguiente, hasta que el 4 de abril prosiguió su camino hacia Isfahan. Sin embargo, a pocas leguas de Shiraz se apartó un poco de la ruta, por el deseo que tenía de ver las ruinas de Chilminara. Y “por ser este sitio, sin poderse poner en duda alguna en ello, el de la antigua Persépolis”. Aunque no lo supiera o no pretendiera darle el valor que su descripción y conclusiones en realidad tenían, el noble viajero español estaba a punto de llegar a su cita con la historia.
Las anotaciones realizadas por García de Silva merecen una especial atención, según los expertos, porque reúnen una excelente descripción de las ruinas de la ciudad de Persépolis, su identificación razonada, así como la primera propuesta conocida de que los signos cuneiformes habrían sido la escritura propia de los antiguos persas. En el manuscrito se habla de la gigantesca plataforma revestida de gruesos sillares de cantería, que apoyada en la ladera del Kuh-i-Rahmat, sirvió de base al conjunto de edificios, como una gruesa muralla de piedras de mármol “de maravillosa grandeza y de más de dos picas de alto”. Al subir por las enormes escalinatas notó el tamaño colosal y la perfecta talla de los escalones, y una vez arriba, se asombró ante el pórtico “que sustentauan dos grandissimos caballos de marmor blanco, mayor cada uno dellos que un gran elephante”. A la derecha del pórtico contó veintisiete columnas que por “su mucha grandeza… llaman los persianos y arabes cuarenta alcoranes” -queriendo decir minaretes- “como las torrecillas… que tienen en sus mezquitas principales”, describiendo la planta y las filas de columnas de la que hoy sabemos que fue la apadana, reparando en su enorme altura, el perfecto ajuste de los tambores y el no menos perfecto cuadrado de la sala. Describió luego su paseo por otros conjuntos de ruinas, y llamó lonjas a los conjuntos que en la actualidad designamos palacios de Darío, Artajerjes I, Jerjes, Artajerjes III, Palacio Dy Tripylon, con sus relieves, puertas y marcos de ventanas tallados en mármoles y piedra negra, tan perfectamente pulidos que el gran mastín que acompañaba al embajador empezó a gruñir a su misma imagen reflejada “con mucha rrisa de los que estauan presentes”.
Los relieves le admiraron mucho, tanto por los tipos como por la perfección de la talla y su variedad, mandando a un pintor del séquito que sacara algunos dibujos al natural, los primeros tomados in situ por un profesional, aunque la mala fortuna haría luego que quedaran olvidados durante siglos en los manuscritos de la Biblioteca Nacional.
Siguiendo su paseo hacia la ladera, percibió el ilustre viajero otro edificio mucho mayor, con puertas y ventanas, y numerosas columnas derribadas en el patio -probablemente se refería a lo que hoy llamamos Sala de las Cien Columnas-, notando luego que en los arquitrabes y frisos había inscripciones pintadas por visitantes árabes, armenios, indios y de otras naciones. Pero sobre todo fijó su atención en las inscripciones profundamente grabadas y labradas muy hondas en distintos sitios, como el “triunpho de la escalera”, de las que mandó copiar un renglón, “cuyas letras…compuestas todas de pirámides pequeñas puestas de diferentes formas”, estimando que éstas eran las escrituras de los antiguos constructores. Más allá, en plena ladera, sus acompañantes accedieron a las tumbas de Artajerjes II y Artajerjes III, y distinguieron la cisterna llena de agua limpia de las lluvias.
Terminada la descripción, García de Silva argumentó por qué pensaba que Chilminara debía haber sido Persépolis, recurriendo tanto a las fuentes clásicas como a la evidencia visible y los informes que en España le había facilitado Fray Antonio de Gouvea. Y concluyendo que esa fue la verdadera Persépolis reencontrada “la qual por tantos siglos a estado sepultada”.

DESCUBRIENDO UN MUNDO IGNORADO
El viaje continuó hacia el noroeste y en la segunda quincena de abril llegó a Isfahan, rodeada de huertas y jardines y ya entonces maravillosa ciudad, populosa y activa gracias al empeño del sha Abbás, que comenzó la mayor parte de los edificios que todavía hoy hace su justa fama. Departió el embajador con los gobernadores de la ciudad, con los religiosos agustinos y  carmelitas de sus conventos, y con los europeos presentes “que eren diez o doze ingleses, dos tudescos y tres o quatro italianos, con quien el Enbaxador holgó mucho por saber algunas cosas de Europa”.
El primero de mayo hizo su entrada oficial, acompañado de mucha gente a caballo. Pasó por barrios semejantes a los de Shiraz, hasta que llegó al gran bazar abovedado y con luz cenital, de donde salió a la enorme plaza de Maidan, “de mas de seiscientos pasos de largo y trezientos de ancho”, sus magníficas mezquitas todavía en construcción y el palacio, “con una lonja quadrada a la entrada, cubierta con su bóveda, y una varanda encima”, todo magnífico y famoso ejemplo de la arquitectura del periodo, y fruto del empeño del sha. Aquellos grandes edificios y espacios le gustaron mucho a García de Silva, que los describió minuciosamente, pues ya era Isfahan la cabeza principal del imperio, en la que convivían persas, armenios, georgianos y otras naciones, siendo maravilla la variedad de vestidos y tipos, que el color y la luz de los azulejos y las ilustraciones de libros y miniaturas safavíes no permiten aún hoy imaginar.
Pero a los pocos días de estancia recibió orden del sha para que fuese a Qazvin, a donde llegó el 15 de junio, acercándose a la ciudad con todo el cortejo vestido de gala y a caballo, e instalándose en la casa que se le había asignado.
Dos días después se dirigieron el embajador y los suyos a la recepción ofrecida por el sha, precedidos por más de seiscientos hombres portadores de los regalos enviados por el rey de España, pasando por la ciudad con gran pompa y camino del palacio y jardines donde comenzaba dicha recepción. Durante la cena, García de Silva notó que el sha iba a ser un difícil contendiente, y que la presencia del embajador turco, también invitado, formaba parte de su juego. Aunque Abbás brindó dos veces a la salud del rey de España “su hermano”, y como bienvenida del embajador. Luego, los contactos se dilataron sin que García de Silva tuviera en realidad ocasión de plantear el objeto principal de su embajada -animar la continuación de la guerra contra el turco-, sospechando con razón que los planes del sha eran ahora distintos.  Por fin consiguió su propósito y hablaron largo y tendido, pero sin una resolución final, pues Abbás se quejaba siempre de la poca actividad de los europeos en contra de los turcos, sin dejarle tocar al español el tema de las recientes conquistas persas en los presidios portugueses.
Se prolongó la estancia y García de Silva asistió un día a una partida de polo jugada en la plaza por el rey y los suyos, teniendo ocasión de ver una escena que las miniaturas safavíes gustaron de repetir sobre libros y objetos muy diversos. Poco después, el monarca salió de Qazvin y mandó a García de Silva que se volviera a Isfahan y le esperara allí. Partió el español el 27 de julio de 1618, llegó de vuelta a la nueva capital del sha el 13 de agosto, donde habría de pasar todo el invierno, asistiendo a las ceremonias tradicionales en recuerdo de la muerte de Hussein, propias de los chiíes, fiestas y ritos que describió con notable detalle y respetuosa atención. Vuelto por fin el sha, hubo entre otras celebraciones una última entrevista en la misma plaza de Maidan.
Y por fin, García de Silva recibió autorización para marchar, lo que hizo el 25 de agosto de 1619, aún encontrándose enfermo, llegando a la costa y embarcándose para Ormuz el 18 de octubre. Con gran pesar suyo tuvo que invernar allí, dándole tiempo a anotar que las gestiones llevadas a cabo habían tenido escaso fruto, y que los persas se preparaban incluso para tomar Ormuz.

LA AGONÍA DEL RETORNO
El final de su más que extremada aventura se aproximaba, aunque no en la forma que García de Silva deseaba. Tras peligrosa navegación llegó a Goa el 25 de abril de 1620, encontrando la misma falta de colaboración antes sufrida. Un primer intento de volver a España, embarcándose el 19 de diciembre de aquel mismo año, resultaría un amargo fracaso, dado que después de un peligroso viaje y tras haber alcanzado las costas de Mozambique en febrero, sabiendo el piloto que por el régimen de vientos y corrientes ya no podrían pasar el cabo de Buena Esperanza hasta diciembre, el 14 de febrero de 1621 resolvieron volver de nuevo a Goa, donde arribaron un 28 de mayo.
García de Silva retomó sus Comentarios, reiterando páginas llenas de interesantes observaciones, narrando la temida guerra de Ormuz y los combates contra ingleses y holandeses.
Por fin, el 1 de febrero de 1624 pudo hacerse de nuevo a la mar con vientos favorables, y a pesar del mal gobierno de la nave y de ir ésta sobrecargada, se siguió adelante. En sus últimas anotaciones reflexionó sobre la desidia de los pilotos lusos, lamentando que por el contrario “los marineros estrangeros… todo lo rreconoçen y lo sondean con especial diligencia”. El 13 de abril se conoció hallarse al este de la Tierra de Natal, aunque el piloto decía haber doblado ya el Cabo, lo que ciertamente no se haría hasta el 25 de abril. La última anotación de García de Silva fue de tres días después, indicando rumbo noroeste con el sol en 32º y medio. Fue su última anotación.
Al respecto, la Biblioteca Nacional tiene una acotación estremecedora.
Dice que D. García de Silva y Figueroa siguió escribiendo cada día hasta casi el de su muerte, “que sucedió en su buelta a España, á 22 de julio de 1624, a las ocho horas de la noche, del Mal de Loanda, a ciento y diez leguas de las islas de Flores y Cuervo. Hecharon su cuerpo á la mar, en un caxón cargado de piedras, y ando en calmerías alrededor de la nao dos días”.
La situación debió ser trágica. Era como si incluso tras la muerte, aquel buen caballero no quisiera apartarse del barco que había estado a punto de cumplirle su anhelado deseo de vuelta a España. Y quedó así, como dice la nota, flotando durante dos jornadas en una mar en calma, lisa, dramática para quienes desde la nave siguieron viendo su improvisado ataúd.
Y luego, poco a poco, su ataúd se fue hundiendo lentamente en las profundidades del océano Atlántico.
 
La hazaña del caballero Don García de Silva y Figueroa permaneció olvidada durante mucho tiempo. Hasta principios del siglo XX no fue publicado su manuscrito completo en nuestro país. No obstante, el excelente trabajo llevado a cabo por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y la acertada recopilación de los manuscritos que ha realizado Joaquín Mª Córdoba, hacen ahora posible que la embajada del español Don García de Silva y Figueroa al sha Abbás el Grande (1614-1624), haya alcanzado mayor difusión y esté considerado como uno de los libros más interesantes de los escritos por viajeros europeos a Oriente.

 



GARCÍA DE SILVA Y FIGUEROA (1550 - 1624)



-1ª Parte-

Soldado, diplomático, erudito y explorador español, fue el primer occidental en identificar las ruinas de Persépolis, la antigua capital del Imperio Aqueménida en Persia.
Una cierta nobleza en su origen se advierte en este personaje, como hijo mayor que fue de D. Gómez de Silva y Doña María de Figueroa, emparentados con los condes de Zafra, y siendo su padrino D. Pedro Fernández de Córdoba, conde de Feria. No se conocen demasiados detalles sobre su juventud, aunque sabido es que estudió leyes en Salamanca, sirvió en los tercios de Flandes, fue paje del rey Felipe II y prestó luego sus servicios en la Secretaría de Estado, tomando posesión como corregidor de Jaén a la edad de 45 años.
Sus buenas dotes militares y su energía y capacidad organizativa se demostraron en la puesta a punto de una fuerza armada contra los ingleses en 1596, y en la buena dirección y adiestramiento que él mismo encabezó. Y aunque la provisión del cargo solía ser anual, él permaneció en el cargo un par de años, lo que revela que sus servicios administrativos y militares fueron bien estimados y que debía contar con una cierta protección.
El caso fue que en 1609, estando en Madrid, el marqués de Velada, Mayordomo Mayor y del Consejo de Estado, le consultó sobre los supuestos descubrimientos geográficos de Lorenzo Ferrer Maldonado, lo cual venía a indicar que sus conocimientos eran apreciados hasta el punto de tener valor de dictamen facultativo, dado que, además de manejar todo tipo de instrumentos de navegación, su visión del mar, las estrellas y las tierras era la de un geógrafo y cosmógrafo.
Además, el hecho de que años después el rey Felipe III lo eligiera para encabezar la embajada española a la Corte de Abbas el Grande, ya deja constancia de que se trataba de un hombre de vasta cultura, dominio de lenguas, al menos perfectamente el latín y el italiano, además de mantener buena relación con la Corte española de la época.
Tras las embajadas de Anthony Sherley, los frailes agustinos y D. Luís Pereira, las gestiones realizadas por Fray Antonio de Gouvea, los movimientos de Robert Sherley y la necesidad de prevenir las ambiciones iraníes sobre los presidios portugueses y relanzar la antigua alianza contra los turcos, el Consejo de Estado se reunió en octubre de 1612, ante la necesidad de enviar al sha persa Abbás una gran embajada y del más alto rango, la cual recayó en la persona de García de Silva y Figueroa, quien contaba por aquel entonces 62 años de edad.
La preparación de dicha embajada fue larga y fatigosa, en gran medida por la mala voluntad del Consejo de Portugal, dolido por la elección del castellano, pero el caso fue que con constancia y previsión de la dignidad e importancia que la gestión encomendada precisaba, consiguió hacerse a la mar dos años más tarde.

PARTIDA DESDE LISBOA
El largo viaje por mar de García de Silva y Figueroa y su séquito hasta su primer destino en Goa (India), duró casi siete meses de navegación constante, sin tocar tierra. Llevaban consigo un notable equipaje y regalos destinados al sha persa. Se le habían encomendado varias tareas diplomáticas de suma importancia: tratar de la expansión de Abbás en el golfo Pérsico, observar de cerca su relación con los ingleses de cara a mantener el monopolio comercial portugués en el Índico y, especialmente, que los persas mantuvieran sus guerras contra los turcos en el Mediterráneo.
Del puerto de Lisboa partieron tres naves, en cuya capitana iban el embajador con toda su gente y el armenio Cogelafer, enviado del sha. Guiaba la flota el piloto mayor Gaspar Ferreira, quien decidió al principio navegar a media vela para dejar que se les unieran las otras dos naves rezagadas.
Siguiendo vientos del suroeste, una semana después se avistó la isla de Puerto Santo, dejando Madeira por estribor, tomándose luego rumbo sur en busca de las Canarias para continuar viaje según lo previsto.
Pasando el temible escollo del cabo Buena Esperanza y entrando en el océano Índico, navegaron hasta la isla de San Lorenzo (Madagascar), para luego fijar el rumbo hasta que más al norte del llamado cabo Guadalfui y merced a los vientos debían llegar a Goa. En las páginas escritas por García de Silva y Figueroa, tan tremendo viaje resultó un relato apasionante, propio de un naturalista avezado y un astrónomo enamorado de las constelaciones.
La navegación y las tormentas, los animales marinos y las aves, los problemas de los buques y la marinería, todo fue llamando su atención, describiendo con detalle incluso cuando las naves fueron seguidas por gran cantidad de tiburones y delfines.
El número de enfermos entre la marinería se había hecho muy numeroso y García de Silva y Figueroa se detuvo a describir las enfermedades más corrientes, de forma muy especial la más terrible de todas ellas y que entonces llamaban “mal de Loanda”, en realidad se trataba de escorbuto, de la que él mismo moriría años después, que en su opinión el cirujano trataba erróneamente.
En octubre entraron en calmas y calores, tornados en aguaceros, lo que dificultó más la situación de los muchos enfermos y aumentaron las muertes. A mediados de octubre se navegó este-nordeste en demanda de la isla de Mámale, a 40 leguas de la ciudad de Cochín en la costa india. Pero estaban lejos, y además de las angustias de la navegación, las enfermedades y los problemas de alimentación, una plaga de ratones infestaba las naves. Días después avistaron naves de nativos de Mámale y hablaron con ellos, tomando alguna noticia sobre todo de la proximidad del final del viaje.
La ruta de la India estaba ya cerca y tras sortear algunos arrecifes, se avistó un extremo de la isla de Goa. Muchas embarcaciones locales salieron a darles la bienvenida, anclando frente a la fortaleza de Aguada. El propio D. García de Silva y Figueroa escribía: “Jueves a seis de noviembre de 1614, siete meses contínuos menos dos días después que esta nao salió de la barra de Lisboa”.
La primera parte de su aventura estaba cumplida.

LA ESTANCIA EN GOA
Una vez en la capital del imperio luso de la India, cabeza de todos los presidios en las costas de Arabia, Persia y el golfo Pérsico, se inició el segundo periodo de aquel largo viaje, limitado en este caso a una desesperante retención en la ciudad.
En el libro segundo y tercero de sus recuerdos, describió durante este tiempo todo su entorno, la ciudad, sus habitantes y las costumbres, haciendo también referencia a sus problemas con el virrey de Goa.
Entretanto, transcurrieron más de dos años de forzosa residencia, tiempo que García de Silva aprovechó para mantener una larga e interesante correspondencia con el rey y redactar sus primeras notas.
Por aquel entonces, Goa era un asentamiento privilegiado, en realidad un pequeño conjunto de islas. En su manuscrito, el embajador describió el territorio empezando por su extremo más occidental, el cabo Talangan, donde se alzaba el convento de Nuestra Señora del Cabo. Al sur del mismo se abría el refugio más seguro para los navíos, con la playa y las ruinas de la antigua ciudad ya abandonada, el gran canal del río Pangin (Panjim), que llevaba a la ciudad nueva construida por los portugueses, aunque se estuario tenía un gran banco de arena que los pilotos debían conocer bien. A una y otra orilla se levantaban árboles pequeños y frondosos, tras los cuales se alzaban multitud de palmeras. García de Silva quedó maravillado por la exuberante vegetación y, sobre todo, por los árboles cargados de fruta, describiendo el mango y otras de tamaño “mayores que grandes melones” de cáscara verde y rugosa y carne amarillenta. También hizo hincapié en los animales de la zona, una especie de hienas, lobos, varios tipos de serpientes y algunos lagartos muy mansos que “llamanles los portugueses camaleones, aunque no mudan su color, tomándola, como se dize comúnmente, de las cosas cercanas a ellos, teniendo siempre estos de la India el suyo propio”.
También hizo una descripción muy completa de la ciudad principal, en la que existían buenas casas, y destacando la fortaleza y el palacio de los virreyes, algunos ricos y suntuosos conventos y parroquias. Del mismo modo, al hablar de esta ciudad hizo hincapié en que la ciudad y la isla formaban un mundo abigarrado, en el cual los portugueses, mestizos y los naturales de la India daban vida a una sociedad alegre.
La estancia en Goa no le fue, sin embargo, demasiado placentera, urgido en su misión que cada día saboteaba el virrey. En todo caso, en sus recuerdos era discreto en el tono, aunque estaba escribió que estaba cansado de retrasos y engaños.

RUMBO A PERSIA
El viaje prosiguió a partir del 19 de marzo de 1617, rumbo noroeste y a toda vela. Cruzaron el océano Índico hacia la costa de Arabia, que se avistó en la primera semana de abril. Escribió García de Silva y Figueroa que el fuerte calor se convirtió en un problema y la visión de la tierra resultaba muy triste, “de color arena bermeja, sin parecer en ella cosa verde alguna, ni señal de ser habitada”.
La navegación continuó hacia el nordeste, en paralelo a la costa, y con fecha del día 15 hizo una referencia sobre las montañas de la misma costa omaní, los palleiros que así los llamaban los portugueses: “ciertos montes que parecen sobre las cumbres de las mismas montañas, y son estos montecillos tres o cuatro”. Estas notas son, sin duda, la primera referencia conocida en la literatura de viajes sobre ciertas sepulturas pre-islámicas muy típicas de la península de Omán.
Siguieron navegando a favor de los vientos, se alejaron algo de la costa, pero pronto recuperaron el rumbo, hasta divisar las montañas próximas al puerto de Mascate, un capricho de la naturaleza rodeado de riscos coronados por fortalezas inexpugnables.
Según la descripción que hizo García de Silva y Figueroa, los nativos árabes vivían en una especie de cabañas, destacando algunas casas de portugueses en piedra y cal, y tiendas de indios. Había muy pocos lusos, comerciantes y algunos soldados, la mayoría de la población de Mascate estaba compuesta por árabes y algunos judíos. Tres días después se hicieron de nuevo a la mar, divisando el llamado islote de los Ratones, indicio cierto de la proximidad de Musandán y tres días después llegaron a Ormuz, a dos leguas de la costa de Persia.
Llave de la entrada al golfo Pérsico, la isla y ciudad de Ormuz constituían una pieza decisiva del mapa portugués de la región, aunque el embajador descubrió la debilidad de sus baluartes y su mala conservación. No obstante, seguía desarrollando un activo comercio, y entre los habitantes cristianos, árabes e indios encontró algunos sefardíes que todavía hablaban español.
Al igual que sucedió en Goa, hubo que detener el viaje hasta el 12 de octubre, cuando embarcado en la galera San Francisco volvió al mar, para desembarcar finalmente en la costa persa, siendo recibido por el gobernador de la fortaleza con grandes demostraciones de cortesía.
                                                                              Continuará…