ROBERT FALCON SCOTT (1868 – 1912)

(Iª Parte)

Oficial y explorador de la Marina Real Británica, fue quien dirigió dos expediciones a la Antártida: la Expedición Discovery (1901-1904) y la Expedición Terra Nova (1910-1913). Durante su segunda aventura Scott encabezó un grupo de cinco hombres que alcanzó el Polo Sur el 17 de enero de 1912, aunque sólo para descubrir que la expedición noruega de Roald Amundsen se les había adelantado. En su viaje de vuelta, Scott y sus cuatro compañeros perecieron por una combinación de agotamiento, hambre y frío extremo.
Tras conocerse la noticia de su muerte, Scott se convirtió en un icónico héroe británico, un estatus que mantuvo durante más de medio siglo y que quedó reflejado en los numerosos memoriales levantados por todo el país. En las últimas décadas del siglo XX su leyenda fue evaluada de nuevo y la atención se centró en las causas del desastre que terminó con su vida y con la de sus camaradas, así como el grado de culpabilidad del propio Scott. Así, el explorador pasó de leyenda a figura controvertida, cuestionada en su competencia y carácter. En el siglo XXI su figura ha sido considerada, más positivamente y se enfatiza su valentía personal y estoicismo al mismo tiempo que se reconocen sus errores y el fracaso de su expedición se achaca principalmente a la mala fortuna.

PRINCIPIOS DE SU CARRERA NAVAL
Robert Falcon Scott nació el 6 de junio de 1868, tercero de seis hermanos e hijo mayor de John Edward y Ana Scott, en Store Damerel, cerca de Devonport y Plymouth, condado de Devon. Aunque su padre era productor de cerveza y magistrado, había tradición naval y militar en su familia, pues el abuelo de Scott y cuatro de sus tíos habían servido en el ejército o la armada.
John Scott prosperó gracias a la venta de una pequeña cervecería que poseía en Plymouth y que había heredado de su padre. Su infancia fue muy confortable, pero años después, cuando Robert se estaba labrando una carrera en la armada, la familia sufrió graves problemas económicos.
De acuerdo con la tradición familiar, Robert y su hermano pequeño Archibald estaban predestinados a ingresar en las fuerzas armadas. Robert permaneció cuatro años en la escuela local antes de ser enviado a Stubbington House School, en Hampshire, un colegio que preparaba a sus estudiantes para los exámenes de ingreso en el buque escuela HMS Britannia en Dartttmouth. A los 13 años, Robert superó los exámenes y dio comienzo a su carrera naval en 1881 como aspirante.
En julio de 1883 Scott terminó su formación y dejó el Britannia como guardiamarina, séptimo de una clase de veintiséis. En octubre ya estaba en camino a Sudáfrica para embarcar en el HMS Boadicea, buque insignia del Escuadrón del Cabo y primero de los varios barcos en los que serviría durante sus años como guardiamarina. Estando en la isla de San Cristóbal, en el Caribe, a bordo del HMS Rover, se encontró por primera vez con Clements Markham, entonces secretario de la Real Sociedad Geográfica, quien cobraría gran importancia en la carrera posterior de Scott. En aquella ocasión, 1 de marzo de 1887, Markham observó al cúter del guardiamarina Scott ganar la carrera matutina a lo largo de la bahía. Markham tenía la costumbre de hacerse con los servicios de jóvenes oficiales de la marina como Scott con la intención de iniciar en un futuro las exploraciones polares. Quedó impresionado por la inteligencia, entusiasmo y encanto de Scott y tomó nota del guardiamarina de 18 años.
En marzo de 1888, Scott superó los exámenes de alférez de navío con excelentes calificaciones. Su carrera progresaba sin problemas, sirviendo en diferentes buques y ascendiendo a teniente de navío al año siguiente. En 1891, tras un largo tiempo en aguas extranjeras, presentó su candidatura para un curso de entrenamiento torpedero de dos años a bordo del HMS Vernon, un paso importante en su ascenso pues se graduó con excelentes notas tanto en los exámenes prácticos como en los teóricos. En el verano de 1893 ocurrió un pequeño incidente cuando quedó varado un buque torpedero mandado por él, percance que le costó una leve reprimenda.
En 1894, mientras servía como oficial torpedero en el buque HMS Vulcan, Scott tuvo noticia de la mala situación económica de su familia. John Scott, que había vendido la cervecería e invertido de forma imprudente el dinero, se había quedado sin capital y estaba virtualmente en la bancarrota. Con 63 años y una salud precaria, se vio obligado a volver a trabajar como gerente de una cervecería y a trasladar toda su familia a Shepton Mallet, Somerset.
Tres años después. Mientras Robert servía en el HMS Majestic, buque insignia del Escuadrón del Canal, su padre murió de una enfermedad cardiaca y a la familia le sobrevino una nueva desgracia. Ana Scott y sus dos hijas solteras quedaron entonces a expensas del sueldo de Scott y de su hermano Archie, quien había dejado el ejército por un puesto mejor pagado en el servicio colonial. La muerte del propio Archibald en el otoño de 1898, como consecuencia de unas fiebres tifoideas, significó que toda la responsabilidad financiera de la familia recayera sobre Robert.
Los ascensos y el aumento en sus ingresos que estos supondrían, se convirtieron en asunto prioritario para Scott. A principios de junio de 1899, estando de permiso, Scott se encontró casualmente en una calle de Londres con Clements Markham, ya entonces nombrado Sir y presidente de la Real Sociedad Geográfica. También tuvo noticia por primera vez de una inminente expedición a la Antártida bajo el auspicio de la Sociedad, lo que era una oportunidad para asumir un mando y obtener distinción. Se desconoce qué sucedió entre ambos hombres aquel día, pero poco después, el 11 de junio, Scott se presentó en la residencia de Markham y se ofreció voluntario para liderar la expedición.

EXPEDICIÓN DISCOVERY (1901-1904)
La Expedición Antártica Británica, después conocida como Expedición Discovery, fue una empresa conjunta entre la Real Sociedad Geográfica y la Royal Society. Sueño largamente acariciado por Markham, esta necesitó de todas sus habilidades y astucia para llegar a buen puerto, bajo mando naval y en gran parte integrada por personal de la Armada. Scott quizá no fue la primera opción de Markham para liderar la empresa, pero tras decidirse por él su apoyo fue constante. El comité batalló mucho sobre el alcance de las responsabilidades de Scott, pues la Royal Society quería poner a un científico a cargo del programa de la expedición, mientras que Scott sólo mandaría el barco. Sin embargo, se acabó imponiendo la opinión de Markham y Scott recibió todo el mando, para lo que fue ascendido a capitán de fragata (equivalente a teniente coronel) antes de que el Discovery zarpara hacia la Antártida el 31 de julio de 1901.
Hubo muy poco entrenamiento en equipamiento y técnicas antes de que el Discovery se hiciera a la mar. Se llevaron perros y esquís, pero casi nadie sabía como usarlos. Según la opinión de Markham, la profesionalidad se consideraba menos digna que la verdadera aptitud, y posiblemente Scott compartía el mismo punto de vista. En el primero de los dos años enteros que el Discovery pasó en el hielo esta despreocupación fue severamente puesta a prueba, pues la expedición hubo de luchar para afrontar los desafíos de un entorno nada familiar. Así, uno de los primeros intentos por viajar a través del hielo acabó con la muerte de George Vince, que se deslizó por un precipicio el 11 de marzo de 1902.
La expedición tenía objetivos tanto científicos como exploratorios, y éste último incluía un largo viaje en dirección al Polo Sur. Esta marcha realizada por Scott, Ernest Shackleton y Edward Wilson, les llevó a una latitud de 82º 17’S, a unos 850 kilómetros del Polo. En el terrible viaje de vuelta Shackleton sufrió un colapso físico y tuvo que abandonar de forma prematura la expedición. Durante el segundo años se mejoró en equipamiento y logros, lo que culminó en un viaje de Scott hacia el oeste que le permitió descubrir la meseta Antártica, algo que un escritor describió como “uno de los grandes viajes polares”. Los resultados científicos de la expedición incluyeron importantes hallazgos biológicos, zoológicos y geológicos, aunque algunas de las lecturas meteorológicas obtenidas fueron criticadas más tarde como poco profesionales e imprecisas.
Al final de la expedición hubieron de recurrir al apoyo de dos barcos de suministro y el uso de explosivos para liberar al Discovery del hielo. Scott no quedó muy convencido de que los perros y los esquís fueran la clave para realizar viajes eficientes por el hielo, por lo que en los años siguientes, y casi hasta el final de su carrera antártica, continuó expresando la preferencia británica por el arrastre humano. Su insistencia en las formalidades de la Real Armada durante la expedición hizo difíciles las relaciones con el contingente de marinos mercantes, muchos de los cuales volvieron a casa con el primer buque de suministro en marzo de 1903. Al segundo comandante, Albert Armitage, oficial de la marina mercante, se le ofreció la oportunidad de regresar por razones humanitarias, pero interpretó el ofrecimiento como un desaire personal y rehusó. Armitage también promovió la idea de que la decisión de enviar a Shackleton a casa en el barco de suministro se debió más a su mala relación con Scott que a su propio deterioro físico. Aunque tiempo después hubo tensiones entre Scott y Shackleton por el choque de sus ambiciones polares, en público reinó el civismo mutuo entre ambos. Scott se unió a la recepción oficial que se brindó a Shackleton a su regreso de la Expedición Nimrod en 1909 y ambos intercambiaron correspondencia de tono cortés en 1909 y 1910 sobre sus respectivas aspiraciones.

HÉROE POPULAR
El Discovery regresó a Gran Bretaña en septiembre de 1904. La expedición había cautivado la imaginación pública y Scott se convirtió en un héroe popular. Fue galardonado con numerosas medallas y honores, muchos de fuera de su país, y ascendió al rango de capitán de navío (equivalente a coronel). El rey Eduardo VII le invitó al castillo de Balmoral, donde le nombró comendador de la Real Orden Victoriana.
Los siguientes años de Scott fueron muy ajetreados, pues durante más de un año estuvo ocupado en recepciones públicas, conferencias y la redacción del diario de la expedición, The Voyage of the Discovery. En enero de 1906 retomó plenamente su carrera naval, primero como asistente del director de Inteligencia Naval en el Almirantazgo y, en agosto, como capitán de bandera del contralmirante Sir George Egerton a bordo del HMS Victorius. A partir de entonces siempre se movió  en los más altos círculos sociales, pues en un telegrama a Markham en febrero de 1907 se refirió a sus encuentros con la Reina y con el heredero al trono de Portugal, y en una carta a su casa le habló de comidas con el Comandante en jefe de la Flota y con el Príncipe Enrique de Prusia.

DISPUTA CON SHACKLETON
A principios de 1906, Scott había sondeado a la Real Sociedad Geográfica sobre la posible financiación de una futura expedición a la Antártida. Por eso para él fue una noticia inoportuna cuando Ernest Shackleton anunció sus planes de viajar a la vieja base Discovery en el estrecho de McMurdo, desde donde intentaría alcanzar el Polo Sur. Scott afirmó, en una de sus varias cartas a Shackleton, que el área de McMurdo era su propio campo de trabajo porque tenía derechos de precedencia hasta que decidiera renunciar a ellos y que, por lo tanto, Shackleton debería trabajar en un área totalmente distinta. En esto fue apoyado por el que fuera zoólogo de la expedición Discovery Edward Wilson, quien afirmó que los derechos de Scott se extendían a todo el sector del mar de Ross, algo que Shackleton se negó a aceptar. Finalmente, y para concluir la disputa, Shackleton acordó en una carta a Scott el 17 de mayo de 1907, trabajar al oeste del meridiano 170º O y así evitar toda el área familiar del entorno de la base Discovery. Sin embargo, fue incapaz de mantener esta promesa porque no encontró buenos lugares alternativos de desembarco. Basó su expedición en el cabo Royds del estrecho McMurdo, y el incumplimiento del acuerdo provocó una profunda brecha en la relación de Scott con Shackleton.
Ingresado en la Sociedad Eduardiana, conoció por primera vez a Kathleen Bruce a comienzos de 1904 en una comida privada. Ella era escultora, una mujer cosmopolita que había estudiado con Auguste Rodin y cuyo círculo incluía a Isadora Duncan, Pablo Picasso y Aleister Crowley. Su primer encuentro con Scott fue breve, pero cuando se volvieron a ver más tarde ese mismo año, la atracción mutua fue evidente. Siguió un noviazgo tormentoso, pues Scott no era su único pretendiente, sino que su principal rival era el novelista Gilbert Cannan, y sus largas estancias en el mar no ayudaban a la relación. Sin embargo, la persistencia de Scott obtuvo sus frutos y el 2 de septiembre de 1908 contrajeron matrimonio en la Capilla Real del palacio de Hampton Court. Su único hijo, Peter Markham Scott, nació el 14 de septiembre de 1909.
Por aquel entonces Scott ya había anunciado los planes para su segunda expedición antártica. Shackleton había regresado sin poder alcanzar el Polo Sur, algo que le dio mayor ímpetu a Scott. El 29 de de marzo de 1909 fue nombrado asistente naval del Segundo Lord del Mar en el Almirantazgo, con lo que se estableció cómodamente en Londres. En diciembre quedó exento de medio sueldo para tomar el mando a tiempo completo de la Expedición Antártica de 1910, que sería conocida como Expedición Terra Nova por el nombre de su barco el Terra Nova.
                                                     Continuará
 

IBN YUBAR (1145 – 1217)




Abu Al-Hassan Muhammad Ibn Yubair fue un viajero, geógrafo, escritor y poeta hispano árabe medieval
Nacido en la provincia de Valencia, entonces taifa andalusí, e hijo de un funcionario público, estudió en Xátiva, para trasladarse después a Granada, donde según el estilo de la época estudió el Corán, derecho y literatura. Se convirtió más tarde en secretario de la cancillería del gobernador valenciano, Abu Said Utman Abd al-Munim, hijo del califa almohade de Al-Andalus. Durante esta estancia compuso muchos poemas, pero en 1182 tomó la decisión de llevar a cabo su deber de la peregrinación a La Meca con el fin de expiar un pecado supuestamente obligado por el gobernador almohade o como resultado de una crisis religiosa interior.

VIAJE DE CEUTA A ALEJANDRÍA
Ibn Yubar salió de Granada y cruzó el estrecho de Gibraltar hacia Ceita, en ese momento todavía bajo el dominio musulmán. Abordó en Ceuta un barco genovés el 24 de febrero de 1183 y zarpó hacia Alejandría. Su viaje por mar le llevó más allá de las islas Baleares y, a continuación, a través de la costa occidental de Cerdeña. Entre Cerdeña y Sicilia el buque se encontró con una fuerte tormenta, sobre la que tanto los italianos como los musulmanes de a bordo que tenían experiencia dijeron “dijeron estar de acuerdo en que nunca en sus vidas habían visto tal tempestad”. Después de la tormenta, el buque pasó por Sicilia, Creta y luego viró hacia el sur y cruzó a lo largo de la costa del norte de África, llegando a Alejandría el 26 de marzo.

EGIPTO
Todas las descripciones de los lugares que visitó en Egipto estuvieron llenas de elogios para el nuevo gobernante sunita, Saladino. Por ejemplo, llegó a decir de él que “No hay congregación ordinaria o mezquita, ni mausoleo construido sobre una tumba, ni hospital, ni universidad teológica donde la abundancia del Sultán no se extienda a todos los que buscan vivienda o viven en ellos”. Señaló asimismo que cuando las inundaciones del Nilo no eran suficientes, Saladino reducía el impuesto sobre la tierra de los agricultores o que “tanta es la justicia y seguridad que ha traído a sus rutas que los hombres en sus tierras pueden dedicarse a sus asuntos por la noche y no temer a la oscuridad”.
Sin embargo, Ibn Yubair, no hizo mención alguna de los cristianos coptos, que formaban la gran mayoría de la población egipcia de la época, y llegó a denigrar con frecuencia de la anterior dinastía chiita, los fatimíes.
ALEJANDRÍA
A su llegada a Alejandría, Ibn Yubair se enojó con los funcionarios de aduanas que insistían en la recaudación del zakat de los peregrinos, independientemente de si estaban obligados a pagar o no. En la ciudad visitó el Faro de Alejandría, que en ese momento estaba todavía en pie, y se sorprendió por su tamaño y esplendor. También quedó impresionado por la libertad de los colegios, albergues para estudiantes extranjeros, los baños y los hospitales de la ciudad, todos ellos pagados por las fundaciones religiosas y los impuestos sobre los dhimmis judíos y cristianos de la ciudad. Llegó a mencionar que había entre ocho mil y doce mil mezquitas en Alejandría, la cual dejó atrás después de una estancia de ocho días para dirigirse a El Cairo.

EL CAIRO
Después de un viaje de tres días, Ibn Yubair llegó a El Cairo. En ella visitó el cementerio de Al-Qarafah, donde se encontraban las tumbas de muchos personajes importantes en la historia del Islam, tales como Hussein, mártir chiita, y señaló que los esclavos cristianos extranjeros estaban ampliando los muros de la ciudadela con el objeto de rodear toda la ciudad. Otra de las obras en construcción que contempló fue un puente sobre el Nilo, que sería lo suficientemente elevado como para no ser sumergido por la inundación anual del río. Describió también un espacioso hospital gratuito que se dividía en tres secciones: para hombres, mujeres y enfermos mentales. Contempló las pirámides, sin explicarse para qué se habían construido, así como la esfinge, a la que los locales llamaban “Padre de los Terrores”.
“Las antiguas pirámides, son construcciones maravillosas, un espectáculo extraordinario, son de forma cuadrada, como si fuesen varias tiendas plantadas, alzándose en el aire del cielo y llenan en altura al espacio aéreo. La anchura de una de ellas, desde una de sus esquinas a la otra, es de 366 pasos. Han sido levantadas con enormes piedras talladas, ensambladas de forma impresionante en insólita cohesión… Si las gentes de la tierra deseasen demoler su construcción les sería imposible… Nadie sabe lo que son, salvo Dios, poderoso y grande…”
OTROS VIAJES
Ibn Yubair ascendió después el Nilo hasta Assuán y cruzó el Mar Rojo hacia Jedda y desde allí a Medina y La Meca, donde residió varios meses. Más tarde se dirigió al norte hacia Jerusalén, Damasco, Mosul, Bagdad y Acre, volviendo en 1185 a través de Sicilia, de nuevo a bordo de un barco genovés. Su travesía no estuvo falta de peripecias, incluido un naufragio.
Ibn Yubair llegó a una detallada y muy gráfica descripción de los lugares que visitó durante sus viajes en su libro Rihla (Los viajes). A diferencia de sus contemporáneos, no escribió simplemente una mera recopilación de topónimos y descripciones de monumentos, sino que mostró un análisis en profundidad por medio de la observación de detalles geográficos, así como culturales, religiosos y políticos. Especialmente interesantes fueron sus notas acerca de la disminución de la fe de sus compañeros musulmanes en Palermo después de la reciente conquista normanda, y lo que percibió como la influencia musulmana sobre las costumbres de Guillermo II, rey de Sicilia.
La relevancia de Ibn Yubair como viajero se debe principalmente a que su libro se convirtió en una de las fuentes más importantes con que se contó a partir de entonces para saber cómo se encontraba el mundo mediterráneo en general, los países bajo dominio islámico, la Sicilia normanda, la navegación contemporánea y las relaciones entre musulmanes y cristianos en el siglo XII. Yubair fue el creador de todo un género en la literatura árabe: La Rihla o relación del viaje que luego se continúa y reproduce sistemáticamente. En él daba explicaciones detalladas del Mediterráneo en la época de las Cruzadas. Fue escrito con un estilo claro y elegante, manejando una lengua variada, a veces seca y difusa, con frecuencia colorista y pintoresca. Se trataba de un hombre inteligente, observador, tolerante, espiritual y a menudo jocoso. Entre sus imitadores destacaron el famoso viajero de Tánger Ibn Batuta, que se inspiró e incluso reprodujo párrafos exactos de los relatos del valenciano.
Una cita muy conocida fue la descripción de los musulmanes que vivían en el reino de Jerusalén tras la cruzada cristiana: “Hemos dejado Tibnin por un camino lleno de granjas donde vivían los musulmanes, que prosperan bajo el dominio cruzado… Los musulmanes son propietarios de sus casas y se administran a su modo. Ésta es la forma en que las grandes granjas y aldeas están organizadas en territorio franco. Muchos musulmanes están muy tentados a establecerse aquí cuando ven las terribles condiciones en que sus hermanos viven en los distritos bajo el mandato musulmán. Por desgracia para los musulmanes, tienen siempre motivos para quejarse sobre las injusticias de sus jefes en las tierras regidas por sus correligionarios, mientras que no pueden tener más que elogios para el comportamiento de los francos, en cuya justicia siempre pueden confiar”.
Yubair viajó hacia Levante dos veces más (1189-1191 y 1217), pero no dejó constancia escrita de tales viajes. Murió en Egipto, donde parece que se dedicó a la enseñanza durante el segundo de estos viajes.

OSCAR BAUMANN (1864 - 1899)



Fue un explorador, cartógrafo y etnógrafo austriaco que, desde muy corta edad, comenzó a asistir a clases de historia natural y geografía. Con posterioridad estudió en la universidad de Viena y en 1885 integró una expedición dirigida por Oskar Lenz que debía explorar la cuenca del río Congo. Sin embargo, tuvo que abandonarla al poco tiempo debido a una enfermedad.
Al año siguiente realizó una investigación etnográfica en la isla de Fernando Poo. De regreso a Europa, obtuvo su doctorado en filosofía en la universidad de Leipzig en 1888.
Baumann es conocido por su exploración del interior del África Oriental alemana, concretamente en la actual Tanzania, Ruanda y Burundi, y la confección de mapas de diferentes zonas. En 1888 exploró la región de Usambara con el geógrafo Hans Meyer, con la idea de continuar hacia el monte Kilimanjaro, pero su avance se vio detenido debido a la llamada “Rebelión de Abushiri” (1888-1889). Ambos fueron capturados y mantenidos como prisioneros, y sólo después de que se pagara un gran rescate al líder rebelde Abushiri Salim al-Harthi, fueron puestos en libertad.

LA EXPEDICIÓN MASAI
La misión más célebre llevada a cabo por Baumann fue la llamada “Expedición Masai” que tuvo dos años de duración, desde 1891 hasta 1893, integrada por doscientos miembros.
En esta expedición, realizó estudios cartográficos, siendo el primer europeo en llegar a los lagos Eyasi y Manyara y el cráter del Ngorongoro, así como también en entrar en Ruanda y Burundi.
Como resultado de su viaje, escribió un libro titulado Durch Massailand zur Nilquelle (Por Massailand hasta la fuente del Nilo) en 1894.
Más adelante, Baumann fue nombrado cónsul del Imperio Austro-Húngaro en Zanzíbar. No obstante, transcurridos unos pocos años debió regresar a Europa a causa de una enfermedad, falleciendo muy joven, a la edad de 35 años. En la actualidad en el Museo de Etnología de Viena, se conservan casi cuatro mil objetos y artefactos, incluyendo armas, herramientas, joyas e instrumentos musicales que Baumann recogió durante sus viajes africanos.

ANDRÉS DE URDANETA (1508 - 1568)



Destacado marino, explorador, cosmógrafo y religioso agustino nacido en Villafranca de Oria, actual Ordizia (Guipúzcoa). Habiendo iniciado su carrera militar muy joven, tomó parte como soldado en diversas campañas europeas, sin embargo, la fama le llegaría más tarde, merced a los descubrimientos que hizo en aguas del océano Pacífico, llegando a situarse entre los más notables navegantes y exploradores españoles del siglo XVI.
Siendo sus padres Don Juan Ochoa de Urdaneta y Doña Gracia de Cerain, ambos de ilustre linaje, aunque la tradición sitúa su lugar natal en el caserío de Oyanguren, parece más lógico suponer que se hallaba en el casco de la villa. De joven recibió una esmerada educación, destacando en las matemáticas, aparte del dominio del latín y la filosofía.

LA EXPEDICIÓN DE LOAYSA
Su primer viaje fue con la escuadra de la expedición que fray García Jofre de Loaysa, comendador de la Orden de Santiago, organizó hacia las denominadas islas de las Especias. En 1524 zarparon las siete naves del puerto de La Coruña, donde se había creado una Casa de la Especiería. El piloto mayor de esta expedición y segundo de la misma era Juan Sebastián Elcano.
El viaje, que resultó un fracaso, se convirtió en un combate casi permanente contra el hambre, el escorbuto y también contra los portugueses asentados en las islas de las Especias, situadas en el archipiélago malayo. Mención especial mereció la labor de Urdaneta en los combates que tuvieron lugar en las islas de Tidore, en donde los portugueses apresaron la única de las siete naves de  la expedición que consiguió llegar hasta allí.
Tras años de cautiverio en manos portuguesas, los españoles fueron liberados en virtud de un acuerdo firmado en 1527 entre España y Portugal, el denominado Tratado de Zaragoza, por el cual se concedía a los españoles el derecho de permanencia en las islas de las Especias a cambio de una compensación económica. De esta forma, los restos de esta expedición y de la comendada por Hernán Cortes que, al mando de Álvaro de Saavedra, había ido a México en 1527 para recabar noticias, regresaron dese las Molucas a España en 1536 en un solo barco, completando la segunda vuelta al mundo.
Aunque Elcano y Loaysa murieron en el transcurso de esta expedición, Urdaneta reunió una importante cantidad de información geográfica e histórica, que más tarde le fue arrebatada por los portugueses en la ciudad de Lisboa.

FRAILE EN LA ORDEN DE LOS AGUSTINOS
Tras algún tiempo en la Península, Urdaneta se desplazó en 1538 a México. Una vez allí recibió varios cargos oficiales, como el de Corregidor de la mitad de los pueblos de la zona de Avalos y el de Visitador de las localidades de Zapotán y Puerto de Navidad.
Varios años después, en 1553, Urdaneta ingresó como fraile en la Orden de los Agustinos y a partir de entonces se retiró del mundo.
Sin embargo, bajo el reinado de Felipe II volvió el interés por la expansión y especialmente por el océano Pacífico y de una forma más concreta por las islas Filipinas, bautizadas así años antes en honor del monarca.
Luis de Velasco, virrey de la Nueva España, informó al monarca de que Andrés de Urdaneta vivía retirado en un convento. Por su parte, Felipe II escribió una carta al virrey ordenándole que se construyeran nuevas naves para proseguir con los descubrimientos. Asimismo, escribió también a Urdaneta para pedirle que, como servicio a la monarquía y debido a su dilatada experiencia, se pusiese al mando de una nueva expedición.
Urdaneta, pese a su avanzada edad y delicado estado de salud  aceptó, aunque no como rector y capitán general, sino en cargo de asesor. Para comandar la misma, Urdaneta sugirió -sugerencia que fue aceptada-, el nombre de Miguel López de Legazpi, quien fue escribano y alcaide ordinario de la ciudad de México.
Sin embargo, la muerte del virrey Velasco retrasó la expedición durante cinco años. Finalmente, se reunió una flota de cinco barcos: dos naos, la San Pedro y la Almiranta, los pataches (embarcaciones de vela con dos palos, ligeras y de poco calado, una mezcla de bergantín y goleta) San Juan y San Lucas, y un bergantín; en total fueron ciento cincuenta hombres los que se hicieron a la mar, doscientos hombres de armas y cinco frailes agustinos.

RUMBO A LAS FILIPINAS
El día 21 de noviembre de 1564, la expedición puso rumbo hacia las Filipinas. A estas islas, tras ser descubiertas por Magallanes (que murió en ellas en 1521 durante su viaje de vuelta alrededor del mundo), había llegado una expedición de trescientos setenta hombres al 2 de febrero de 1543, mandada por Ruy López Villalobos. Esta expedición, que había partido desde México, bautizó como Filipinas la actual isla de Leyte, sin embargo, no pudieron encontrar la vía de regreso hacia América.
La orden de dirigirse a las Filipinas en la expedición de Legazpi venía escrita en las instrucciones de la Audiencia, que se abrieron ya empezado el viaje, si bien Urdaneta había aconsejado emprender ruta en dirección a Nueva Guinea. A la altura del eje ecuatorial, el patache San Lucas se adelantó al resto de las embarcaciones, momento en el que descubrió algunas de las actuales islas del archipiélago de las Marshall y de las Carolinas. Esta embarcación llegó a Mindanao (Filipinas), cargó especias y retornó a México.
El día 13 de febrero de 1565, el resto de la expedición llegó a la isla de Ibabo (Filipinas), luego saltó a la isla de Samar y, finalmente, arribaron a la de Cebú. Donde se fundó la villa de San Miguel el 8 de mayo de ese mismo año. Fue ésta la primera ciudad española en Filipinas.
Según órdenes de Legazpi, Urdaneta comandó un buque que regresó a Nueva España para informar al virrey de lo acontecido y de los descubrimientos realizados.
El día 1 de junio partió Urdaneta en la nave San Pedro, al mando de la cual estaba un nieto de Legazpi, Felipe Salcedo. El viaje se inició en dirección norte, y al llegar a la latitud de Japón, lograron salir de la influencia dominante de los alisios. Desde allí, aprovecharon la corriente llamada del Kuro Shivo para llegar a Acapulco (California) el 8 de octubre de 1565.
Este viaje supuso el descubrimiento de la ruta de navegación más corta entre Asia y América, denominada tornaviaje, rumbo que siguió sistemáticamente hasta 1815 el Galeón de Manila que hacía el trayecto Acapulco-Manila-Acapulco. El océano Pacífico tenía por fin ruta de ida y de vuelta desde y hacia América. Durante los siguientes 250 años las naves españolas emplearon esta ruta.

LEGADO FINAL
Tras informar personalmente al rey Felipe II de su descubrimiento, Andrés de Urdaneta regresó a la Nueva España, a su convento, donde falleció el 3 de junio de 1568, a los sesenta años de edad.
A pesar de su gran hazaña, Urdaneta fue prácticamente olvidado, quedando como uno de los descubridores más desconocidos de su tiempo.
El convento sufrió un incendio con posterioridad y el actual reconstruido se convirtió posteriormente en la Biblioteca Nacional de México. Los restos de Andrés de Urdaneta es probable que reposen bajo el claustro del convento.
La evangelización de las Filipinas, que sigue siendo el único país católico de Asia, se originó gracias a la labor de Urdaneta y a los otros cuatro frailes agustinos que le acompañaron en la expedición de Legazpi, a los que les indició que evangelizaran en el idioma nativo.
Como ha sucedido en algunas ocasiones con otros determinados personajes, Andrés de Urdaneta fue un navegante, explorador, cosmógrafo y religioso agustino, injustamente olvidado en el silencio de la historia.